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Desde Afuera
Mis museos, tus museos, nuestros museos
Una de las pocas cosas que tengo que agradecerle a mi padre, es que me paseó por casi todos los museos de La Habana. Vagamente recuerdo una atenea, el día en que le pregunté cuál era la historia de las armas de fuego y el día en que me llevó a conocer la ciudad de Matanzas...
Quizá por eso hoy sea algo más sensible a la historia de Cuba, y la poca que conozco no la aprendí en la escuela, sino en las bibliotecas y museos. Alguien dijo una vez que no se puede amar lo que no se conoce, y creo que mucha razón llevaba.
Me da pena ver a las jóvenes generaciones que solo saben repetir el mismo cuento que aparecen en sus caquécticos libros de historia... la historia es mucho más que el patético cuento de "hambre, miseria y enfermedad" que nos quieren hacer. La historia no puede ser contada para justificar el presente, sino para saber a dónde vamos.
Recuerdo pasar por los diversos cañones que se exhiben en la batería principal del castillo de San Carlos de la Cabaña... pocos saben que cada uno de esos cañones tiene un nombre... y una historia. El viejo Álvaro de la Iglesia, a principios de la novísima republica, con cierto aire de nostalgia, escribía una historia en la que él conversaba con un cañón del castillo de San Salvador de la Punta.
Conservar la historia es ciertamente un reto que tenemos ahora las generaciones que ya vamos alcanzando la madurez.
Y es un reto dentro de Cuba, porque mientras derrochamos, a veces en vano, nuestros esfuerzos por satisfacer necesidades tan elementales como la comida, el calzado; o la simple necesidad de ese tan famoso artículo 19, que llevan los periodistas impreso en sus bolsillos traseros, por si tienen algún encuentro con la Policía. Después de toda esa vorágine, no queda tiempo para preocuparnos por lo que queda guardado de lo que fue... al menos queda guardado.
Muchos de los jóvenes vivimos en una Cuba de la que no sabemos nada. Ni siquiera conocemos sus ciudades, porque el turismo nacional es impensable. Si a ello le sumamos las cuatro escasas páginas de los dos únicos periódicos nacionales y el nulo acceso a Internet... me pregunto si en realidad yo vivía en el limbo, en lugar de una isla en el Mar Caribe.
E irremediablemente pienso en la Lenin, en su arquitectura tan ‘estilo soviético’, en los prefabricados, en el desastre de Alamar y el Reparto Eléctrico. Dentro de 20 años ¿qué será de la Lenin? Es cierto que quizá no tenga la belleza de un palacio art-nouveau o el eclecticismo de los edificios de los años 40.
La Lenin es una edificación más bien fea, mohosa, mal cuidada, mal reparada y en pésimas condiciones constructivas... pero aun así, es el vivo recuerdo de muchas generaciones. Representa en modo de vida, la estética y la ética de muchas generaciones en su evolución (esperemos que en su evolución), y por último, como nada humano nos debe ser ajeno, también la Lenin cobijó a nuestros padres, y hoy todavía cobija a nuestros hijos.
Si algún día la Lenin dejare de ser escuela, si deja de ser la Lenin, no la destruyan, por favor, déjenla así, desierta. Apliquemos lo que ahora nosotros hacemos con nuestros archivos: no tenemos tiempo para dedicarnos a ellos, pero al menos están guardados.
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